Excelsior, Arena (Suplemento Cultural), México, Domingo, 31 de Octubre de 1999

titre original de Vlady:
“La Pintura no es arte moderno”

 

 

 

 

A Rafael Tovar y de Teresa

 

La crisis del arte moderno y de las vanguardias contemporáneas es la crisis de su separación de la pintura.

La pintura es una expresión artística con milenaria cultura -el seguimiento del oficio de pintar, cuya continuidad se interrumpió en el siglo XIX-, cuando aparecen geniales aficionados, en rompimiento con academias, totalmente degeneradas, después de David, Ingres, Delacroix, Moreau (en España, Goya se sale de madre, en Inglaterra, Constable, Turner).

Los impresionistas y todos los ismos conceptuales liberan la imagen de los rigores del oficio, usando estereotipos de materiales comercializados como si fuera una panacea universal. Se privilegia la expresión conceptual, la sensibilidad expresada y elaborada con la milenaria cultura del color.

La separación de las expresiones conceptuales, más semióticas y simbólicas, sucede imperceptiblemente en la ignorancia de la pintura, alcanzando la tercera dimensión del cuadro en profundidad -del color-gema como estratografía-. Toda “la pintura” contemporánea abandona la pintura verdadera ¡de la gloria de los museos!

Cézanne y Van Gogh -el uno es la mirada, el otro el alma-, ninguno sabía pintar como los grandes maestros. Su color carece de la cristalinidad que lo perpetúa.

Toda la crisis de la crítica del arte contemporáneo se debe al desconocimiento de la diferencia ¡entre Pintura y “Arte Moderno”!

Es un hecho universal, más catastrófico en países avanzados y México no es una excepción. Aunque hay aspectos específicos que iremos evidenciando en su debido tiempo y lugar.

Cien libros, centenares de artículos y publicaciones, expresan la crisis, ¡más que explicarla! La crisis aún no está planteada. En México menos que en cualquiera parte, porque si bien las páginas de revistas europeas y americanas dan muestra de crisis febril como crisis agónica, en otros

países se vive la divina inconsciencia de la mercadotecnia, del bataclán comercial manipulado por la ignorancia, traficando, comprando y “valorando”, autoengañándose con valoraciones subjetivas, prestigiando trabajos manuales y displays de vitrinas comerciales, “sublimadas”

en bienales palaciegas y “ferias de stands internacionales” complicidades de narcisismo de la ignorancia autosatisfecha. Es rudo decirlo, ¡pero peor es la realidad!

 

Existen cientos de grandes centros y miles de chiquitos, especies de bolsas de valores de fabricaciones más o menos hechas a mano, y pronto desbordadas por la electrónica. ¡Si la pintura no le interesa, no lea estas líneas!

Lo que no hay son parámetros para determinar lo bueno de lo malo. ¡A diferencia de la pintura que o es o no es!

Cuántos autores de prestigio escriben cualquier cosa sobre cualquier cosa. Tengo un poema de Agustín Goytisolo emocionado por un grabado mío, sin haberse dado cuenta de que no es el tema que él describe. De estos ejemplos, ¡a granel! El territorio del arte se presta a los mayores

disparates y engaños, sobrevaloraciones y ninguneos, a veces terriblemente agresivos, de una funcionaria que por veinte años tiene secuestrados los murales de 2,000 metros cuadrados en el ninguneo y la absoluta negligencia. Son bien pintados y no banales. ¡Sobrevivirán!, aunque ya dañados algunos cuadros.

La delicada imponderabilidad, la sutileza, y la sutileza de la bizarrería creativa no es accesible a todo el mundo, al menos de inmediato.

Nos decía el famoso marchand de Picasso (Keinweiler) que Apollinaire no entendía la pintura, ¡pero inventó el cubismo! Un día le dije a Carlos Fuentes, que visitaba la primera exposición de Vicente Rojo en la Proteo: ¡Pero si tú no entiendes de pintura! “Así es, pero sé escribir sobre pintura”. Aquel día me reconcilié con muchos escritores que escriben de lo que “no saben”.

Un libro importante producido en Oaxaca tiene significados múltiples. Se produce en una capital del arte, que lo es por la presencia de artistas verdaderos, avalados en capitales cosmopolitas mayores -como sucedió con Diego y Orozco-, Tamayo con veinte años de acérrimo trabajo en Manhattan. En Oaxaca, la formidable labor de Toledo, en seguimiento de lo iniciado por Tamayo, Olga y un grupo de artistas regionales. Ninguna otra ciudad ha alcanzado actualmente una presencia semejante, y valdría la pena estudiarlo con ocasión del libro.

El libro es un buen principio de una fecunda reflexión. El autor es fuera de serie en nuestro ambiente. Piensa en varias direcciones y de provinciano estrecho no tiene nada. Mal haríamos en descartar a Manrique y a Berta Taracena que han tocado, aunque tímidamente, el problema de la crisis de la crítica de arte, y a lo que somos particularmente sensibles, ¡la verdadera pintura-pintura!, tan diferente de las artes contemporáneas. Atardecer en la maquiladora de utopías, de Robert Valerio, que me fue enviado con entusiasmo por José Pérez Moreno.

Ninguno ve que la crisis de la pintura está relacionada con la crisis general de toda la epistemología de nuestro siglo. Para Berta y para Teresa del Conde la pintura-pintura sólo es una tendencia más, ¡cuando es otra cosa! Actualmente la vanguardia artística avanza de espaldas a la pintura ¡y allí la dejamos!

Los grandes renglones, “hiperrealismo”, fotografismo, los grandes maestros de los carteles publicitarios en EU. Uno de ellos haciendo el milagro de un cuadro pequeño de Van Eyck visible a kilómetros en un enorme cartel de autopista ¡y cómo está hecho! Miles de fotografistas imitando reproducciones de reproducciones, algunos con maravillosa pericia. Pero qué hubiera sido de la pintura grande con esa dependencia del advertising. Rembrandt, Durero, Velázquez, Paul Klee, Picasso, y ¿qué seríamos sin ellos? De todo eso no hablamos por gusto, sino para hablar de pintura, ¡para diferenciarla!

Así entramos en un terreno mucho más concreto: la calidad de la pintura. De la pintura que perdura.

La pintura acabó por lograr la tercera dimensión. En contados momentos se logró sin saberlo. Finalmente, esta mórbida dimensión, probablemente griegos, como lo sugiere Pompeya, también Fayún de las sepulturas egipcias y romanas, luego en Flandes y Alemania.

La profundidad, la penetración en el espacio del cuadro, es una sensación inexplicable. Precede las hipótesis y las comprobaciones científicas ¡de Copérnico, de Galileo, de la estratografía!, de los grandes venecianos, finalmente, Rubens y Velázquez. En México, pintura de la Colonia

influida por los flamencos.

El siglo XX mexicano devolvió a la pintura el ordenamiento de la lógica material. Diego pintó al fresco, “fresco-buono”, en edificios de la Colonia, semejantes a los del siglo XIV italiano. Así tuvimos un siglo XIV, pero no tuvimos un 1500 y derrapamos al arte moderno, surrealismos vernáculos de exvotos y tarjeta postal.

Pero tuvimos con el fresco la formidable revolución pictórica. Mas en vez de buscar la lógica material de la pintura de los grandes del XIV, XVI, XVII e incluso XVIII, Tiépolo, Goya, que entre todos evidenciaron sentidos nuevos produciendo al color-gema, cristalizando con artificios alquimísticos que a la postre permitieron proyectar bultos hacia el espectador, y alejar otros sin solución de continuidad, un nuevo logro máximo de toda la pintura occidental.

Para hablar de pintura evitamos hablar de “ismos” y de otros ingenios. Estos pertenecen a las vulgarizaciones del arte moderno y contemporáneo. Es tal la inflación de talentos y la proliferación de invenciones más o menos originales, que difícilmente se distinguen de miles de anuncios de televisión e impresos en el mundo entero. Les juro que lo percibí al final de los treinta en el café Le Dome, esquina de la Rue Delambre y Montparnasse, con Breton, Domínguez, Lam, alguna vez Picasso. Yo venía del Louvre de paso a reuniones conspirativas. No hablar de conceptos, sino de pintura, como algo en vías de recuperación.

Vlady, artista plástico.

 

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